3.4. CONTRA LA CREDULIDAD Y POR LA PRAXIS CONSCIENTE
Séptima: "¿EL DEFECTO QUE TOLERA MEJOR?": "LA CREDULIDAD"
Llegamos así al problema de la "credulidad", problema que está en la base de muchos errores de las izquierdas y, sobre todo, en uno decisivo como es el de renunciar al del derecho/necesidad de ocurrir a la violencia justa. Una vez más, la experiencia de la Comuna de París es terriblemente aleccionadora tanto para las luchas colectivas como para las individuales. Hay una carta de Marx a Beesley del 12 de junio de 1871 que es obligado citar porque resume no sólo el terrible problema causado por la "credulidad" de los revolucionarios parisino en la burguesía, sino también la valía de la experiencia acumulada por Marx en su vida de militante revolucionario que pasó por años de clandestinidad. Tras contarle a Beesley algunas cosas sobre los planes y los pactos de Bismarck, precisa que:
"Una amiga mía parte dentro de tres o cuatro días para París. Le entrego pasaportes auténticos para miembros de la Comuna que todavía viven escondidos en París (...) Esta información me la entregó la mano derecha de Bismarck una persona que en su tiempo (de 1848 a 1853) había pertenecido a la sociedad secreta de la que yo era dirigente. Este hombre sabe que conservo en mi poder todos los informes que me envió de y sobre Alemania. Depende de mi discreción. De ahí sus continuos esfuerzos por demostrarme sus buenas intenciones. Es la misma persona la que me previno, como ya le dije a usted, que Bismarck había decidido arrestarme si yo volvía a visitar este año al Dr. Kugelman en Hannover.
¡Si la Comuna hubiese escuchado mis advertencias! Aconsejé a sus miembros que fortificasen el lado norte de las alturas de Montmartre, el lado prusiano, y entonces todavía tenían tiempo de hacerlo; les previne que de lo contrario caerían en una trampa; les hice conocer los verdaderos propósitos de Pyat, Grousset y Vesinier, les pedí que mandasen inmediatamente a Londres todos los documentos que comprometían a los miembros de la Defensa Nacional, para frenar en alguna manera la ferocidad de los enemigos de la Comuna: de esa manera se hubiera reducido a la nada el plan de la gente de Versalles".
En esta carta de Marx tenemos varios aspectos interesantes que conviene reseñar, como son, primero, su militancia internacionalista plena, actuando contra la legalidad británica al enviar pasaportes auténticos para ciudadanos franceses perseguidos; segundo, su anterior militancia clandestina y la pertinencia veinte años después de las medidas de seguridad tomadas dos décadas antes; tercero, el chantaje descarado a un arrepentido, es decir, a un antiguo militante clandestino convertido dos décadas después en un agente de Bismarck; cuarto, la utilidad de las medidas de seguridad tomadas a raíz de las informaciones extraídas mediante chantaje, y, quinto y último, el comportamiento suicida y crédulo de los revolucionarios comuneros, que fueron fusilados sin piedad al ser descubiertos sus nombres en los documentos. Especial interés tiene para nosotros ña cuestión del chantaje a un militante arrepentido y convertido en mano derecha de un imperialista autoritario como Bismarck. Desde la ética dominante, Marx actuaba indebidamente, aprovechándose de una persona bajo el chantaje --"depende de mi discreción"-- de verse descubierto su pasado revolucionario si Marx hacía públicos los documentos que guardaba.
El problema de la "credulidad" aparece aquí en todas sus implicaciones, más, encima, llevadas al extremo por tratarse de cuestiones de vida o muerte, y sobre todo por cuestiones de vida o muerte revolucionaria, que afectan a la felicidad presente y futura de miles de personas y a la estructura misma de la sociedad burguesa. En la militancia clandestina la "credulidad" es un suicidio porque el crédulo cae más temprano que tarde en las trampas y anzuelos de las fuerzas represivas y porque se pierde la decisiva noción de antagonismo mortal entre el opresor y el oprimido, que es la razón decisiva, y de la que depende la anterior. Pero, de hecho, estas lecciones de Marx valen para todas las circunstancias sociales sean colectiva o individuales, porque todas, también las más íntimas, están determinadas en última instancia por los mecanismos directos o indirectos de producción de plusvalía, como hemos explicado en páginas anteriores. Aunque la clandestinidad es un recurso último, cualquier mujer oprimida sabe que debe guardar sus secretos propios --todo secreto personal lleva el germen de la clandestinidad-- si no quiere ser aún más pisoteada. Y la confesión es la primera medida opresora contra el derecho al secreto y a la intimidad y por tanto, visto procesualmente, contra el último derecho/necesidad de la clandestinidad.
Son sólo dos ejemplos de una lista de secretos personales y colectivos tan inagotable como inagotable es la dinámica de opresiones que generan esas resistencias y los secretos que de ellas surgen. En una vida supeditada al dictado de la producción de plusvalía, todos los segundos están en función del rendimiento último. Que el tiempo es oro ya lo afirmó Franklim, y lo demostró Marx al teorizar sobre la economía del tiempo de trabajo, y luego Engels volvió a recordarlo. Se quiera o no admitirlo, estamos ante leyes objetivas que rigen por encima y en contra de la voluntad de la mayoría de los humanos. Pues bien, una de las formas de recuperar el tiempo propio y de reducir el tiempo burgués pasa por la larga práctica liberadora y crítica, que no egoísta e individualista, de holganza, indolencia, rechazo del trabajo, absentismo, sabotaje laboral, tanto en casa como en la fábrica o la escuela. En estos casos, el disimulo, la ocultación, el secreto es una necesidad imperiosa que fácilmente se torna en incipiente clandestinidad. Para evitar y/o derrotar estas prácticas de autodefensa casi instintiva y espontánea, mucho más frecuentes y hasta masivas de lo que sospechamos, el sistema patriarco-burgués ha desarrollado todo un sistema de vigilancia, coerción, etc., en el que la "credulidad" ocupa un lugar destacado.
Crédula es la persona que cree ligera o fácilmente. Cree que el sistema es eterno; que la institución matrimonial y familiar, patriarco-burguesa, la sexualidad masculina, etc., son eternas; que siempre han existidos pobres y ricos, etc. Cree que el marido y el patrón son buenos y que cumplen sus deberes y promesas, pero que pierden los nervios cuando nos comportamos más, etc. Cree que este sistema tiene mecanismos internos de mejora y de justicia, pero que son las personas individualmente aisladas e incomunicadas las responsables de que las cosas le vayan mal. O la suerte, o los dioses, o el paro, esa cosa que no sabe por qué existe pero lo padece directa o indirectamente. Cree que su marido o novio le insulta y le pega porque está nervioso, o ella le ha puesto nerviosos con alguna impertinencia, y que basta con hablar o ser paciente, para que vuelva a tranquilizarse. Cree que la huelga no es buena y que es bueno votar al centro derecha. Y hay que ser una persona muy crédula, suicida y peligrosamente crédula para creer en la inmoralidad del derecho a la resistencia y, sobre todo, del derecho/necesidad a la violencia defensiva.
¿Quiere decir esto que ser kantiano es una desgracia de los crédulos, una desgracia peligrosa y suicida? Sí y no. Sí para las masas oprimidas y no para las minorías opresoras. De todas las consecuencias que se derivan de esta tesis, ahora sólo podemos analizar una en concreto, dejando varias más para otro capítulo. La "credulidad" es un defecto porque desarma intelectual, psicológica y moralmente a la persona crédula ante la aplastante maquinaria de la alienación, la mentira, la propaganda y la falsedad del poder opresor. Es la indefensión ideal que antecede a y justifica la indefensión material. Pero es una indefensión ideal que ha sido previamente impuesta por muy feroces opresiones materiales, crudamente físicas, que con anterioridad han destruido y limitado al máximo la práctica humana de pensamiento crítico y creativo. La especie humana no es crédula ni por designio divino, ni por determinismo genético. Es una síntesis social de contradicciones entre la incredulidad necesaria para descubrir e investigar lo nuevo y la "credulidad" impuesta por las relaciones de poder. En el desenvolvimiento de esa síntesis social contradictoria, y siempre relacionado con la práctica material no directa ni personalmente contrastable, surge el problema de la credibilidad, que puede llegar a ser en algunos casos un defecto, pero no siempre.
La disputa entre la credibilidad y la "credulidad", disputa permanente en la historia social del pensamiento humano, sólo se resuelve con la praxis, es decir, y en palabras de Marx cogidas de su "II y III Tesis sobre Feuerbach":
"2. El problema de si puede atribuirse al pensamiento humano una verdad objetiva no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre debe demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poder, la terrenalidad de su pensamiento. La disputa en torno a la realidad o irrealidad del pensamiento –aislado de la práctica—es un problema puramente escolástico.
"3. La teoría materialista del cambio de las circunstancias y de la educación olvida que las circunstancias las hacen cambiar los hombres y que el educador necesita, a su vez, ser educado. Tiene, pues, que distinguir en la sociedad dos partes, una de las cuales se halla colocada encima de ella. La coincidencia del cambio de las circunstancias con el de la actividad humana o cambio de los hombres mismos, sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria".
¿Qué relación existe, entonces, entre el entendimiento racional como práctica revolucionaria y la "credulidad"? Querámoslo o no volvemos al problema del kantismo y de todas las corrientes neokantianas posteriores que, con múltiples matices, están dentro de la Ética capitalista como lo está en su sociología mediante Comte, Durkheim y Weber, en su economía política, etc. Sabemos que Platón, Aristóteles y Nicolás de Cusa separaron el entendimiento y la razón. Sabemos que en Kant esta separación adquiere su justificación burguesa más acabada al hacer que el entendimiento de forma al contenido sensorial, surgiendo como apariencia y no como esencia. Ésta, la esencia, es incognoscible en sí misma pese a que la razón va a avanzado contenidos limitados que nos remiten en última instancia a las ideas sobre la "cosa en sí". Sabemos que Hegel avanza al borde de la crítica radical del pensamiento burgués, pero parándose justo en ese momento, ya que, para él, el entendimiento, el polo negativo de la dialéctica del conocimiento, debe ser enriquecido por el polo positivo. De esta forma, llega al borde de la unificación dialéctica del entendimiento y de la razón, pero no lo logra. La importancia de este paso cualitativo dado por Marx y Engels radica en que, a partir de ahí, no sólo lo subjetivo y lo objetivo, el entendimiento y la razón, para usar la vieja terminología idealista, quedan dialécticamente unidas en el conocimiento teórico, sino que, fundamentalmente, este conocimiento teórico debe ser verificado por el criterio de la práctica porque únicamente ella tiene la fuerza material suficiente para romper las cadenas de alienación, miedo y angustia que están dentro de la "credulidad", siempre predispuesta a aceptar la mentira del poder antes que la verdad de la libertad.
Marx y Engels, como todos los marxistas posteriores, eran muy conscientes de las enormes dificultades que lastraban, frenaban y hasta impedían la praxis revolucionaria. Conforme ampliaban sus conocimientos iban desarrollando más su visión crítica y dialéctica del progreso humano, visión que reconoce e integra la derrota y el retroceso histórico, la catástrofe, en su visión general; y que ya estaba latente pero poco desarrollada en sus duras denuncias de la civilización burguesa en los llamados escritos de juventud. Pues bien, de un lado, la "credulidad" se basa en la primacía del entendimiento sobre la razón, rompiendo la unidad del conocimiento y primando sus vacíos idealistas. Se refuerza así el componente dogmático y unilateral del pensamiento, ya denunciado por Hegel. Hundiéndose en este agujero negro, el sujeto crédulo pierde cualquier atisbo de capacidad crítica e independiente aumentado su sumisión al poder. Y de otro lado, para salir de este cenagal absorbente es fundamental que el sujeto crédulo se libere del mundo de los muertos que oprime el cerebro de los vivos, pise la terrenalidad y la materialidad del mundo y, además de descubrir las tremendas contradicciones sociales, también decida constituirse él mismo en parte de las contradicciones, en fuerza material de liberación que ha asumido la dialéctica de los subjetivo y lo objetivo en la misma práctica revolucionaria.
Aquí la "credulidad" no sirve para nada, al contrario, es un freno reaccionario que debe ser superado inmediatamente porque es lo antagónico a la dialéctica tal como la definió Marx en 1873 en el "Postfacio a la segunda edición de El Capital":
"El hecho de que la dialéctica sufra en manos de Hegel una mistificación, no obsta para que este filósofo fuese el primero que supo exponer de un modo amplio y consciente sus formas generales de movimiento. Lo que ocurre es que la dialéctica aparece en él invertida, puesta de cabeza. No hay más que darle la vuelta, mejor dicho ponerla de pie, y enseguida se descubre bajo su corteza mística la semilla racional (...) Reducida a su forma racional –la dialéctica-- provoca la cólera y es el azote de la burguesía y de sus portavoces doctrinarios, porque en la inteligencia y explicación positiva de lo que existe abriga a la par la inteligencia de su negación, de su muerte forzosa; porque, crítica y revolucionaria por esencia, enfoca todas las formas actuales en pleno movimiento, sin omitir, por tanto, lo que tiene de perecedero y sin dejarse intimidar por nada".
Volveremos al problema de la "credulidad" al detenernos en la máxima preferida de Marx: De omnibus dubitandum, y en especial cuando pongamos como ejemplo la incapacidad de la ética burguesa para resolver el problema de las relaciones entre los intereses capitalistas de máximo beneficio y la filantropía en cuanto mito ideológico que, ya desde la edad media con la caridad cristiana de la Iglesia, hasta las actuales formas de la burguesía para reducir su parte de impuestos a la Hacienda capitalista mediante las "donaciones de ayuda social".
3.5. EL COMUNISMO COMO ASCENSO DEL SER-GENERICO AL UOMO TOTALE